Una vez en el corredor, Cleaver se desvió hacia la antigua galería para fumadores. Estaba débilmente iluminada, pero conocía el mobiliario de memoria: dos sofás destartalados, media docena de sillas plegables de metal, una mesa de bridge cuyo tapiz de fieltro tenía un corte de diez centímetros. El linóleo estaba marcado con quemaduras de cigarrillo y, en una zona del suelo, faltaban las baldosas, cuadrados oscuros con garabatos de cola seca que parecían serpientes.

Cleaver nunca dejaba de asombrarse por la forma en que el estado había permitido que Pinegrove alcanzara esa condición ruinosa. Allí estaba, en plena ciudad de Nueva York, irguiéndose en la península más meridional de Roosevelt Island, en el East River. Remolcadores y barcazas pasaban a veinte metros del edificio y cientos de miles de ventanas daban al mismo; sin embargo, muy poca gente podía decir de qué edificio se trataba. A este respecto, podría haber estado trabajando en un manicomio medieval.

Pinegrove había sido construido en la década de 1930, una época en la que la gente aún utilizaba esa palabra -manicomio- y la literatura contemporánea hablaba del centro como una institución progresista. Pero los tiempos habían cambiado; el tratamiento de los pacientes había dado paso a su reclusión en una suerte de depósito, y luego, con la llegada de los fármacos psicoactivos, a su puesta en libertad. En la década de los sesenta se habían cerrado tres pabellones completos de esquizofrénicos confusos. El sindicato de trabajadores del hospital ejerció la suficiente presión en Albany para mantener dos plantas abiertas, con su correspondiente personal, pero la administración proporcionaba muy poco dinero para su mantenimiento.

Con el paso de los años, el lugar se fue deteriorando irremediablemente. El jardín inglés que había sido el orgullo de los primeros gerentes estaba invadido de malezas. Árboles que necesitaban una buena poda dejaban caer sus ramas muertas sobre el tejado, y en dos ocasiones cayeron al suelo trozos de tejas que habrían resultado mortales de haber alcanzado a alguien. En el último piso desierto, Cleaver había encontrado manchas de humedad en el techo.



10 из 446