El accidente

Cleaver se inclinó sobre la cama de hospital para estirar las sábanas del anciano y le tocó suavemente el dorso de la mano. Pensó en enjugarle la frente, pero eso no tenía sentido. Estaba inconsciente, probablemente ni siquiera lo sentiría. Y, además, con el casco encajado en la cabeza y los cables y alambres que salían de él y se conectaban al aparato que había junto a la cama, sólo se alcanzaba a ver una pequeña porción de la frente; una fina banda de piel, arrugada y blanquecina, gris como un pescado.

Comprobó la respiración. Era trabajosa y ronca, como si tuviese el pecho lleno de guijarros.

Ahora que el momento había llega, lo, Cleaver apenas era capaz de reprimir su nerviosismo. Sé sentía agradablemente, sorprendentemente joven. ¿Quién sabe lo que habría hecho si hubiera estado solo? ¿Empezar a dar vueltas con su capa de médico? ¿Chocar los tacones en el aire? -Ya no debería de faltar mucho.

El que había hablado era Félix, su joven ayudante, que le estaba tomando el pulso al anciano al otro lado de la cama, sosteniendo con dos dedos la débil muñeca en un cuadro que parecía haber sido preparado ex profeso: Médico junto al lecho de un paciente moribundo. Era absurdo que le tomase el pulso al anciano con el monitor cardíaco emitiendo su señal luminosa en una esquina de la habitación. -

Cleaver respondió con un gruñido.

– Iré a ver a su esposa -dijo, volviéndose y alejándose hacia la puerta.

Tenía necesidad de estar solo. Un momento como ése requería algo especial, un poco de introspección… un sentido de la historia.



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