
Ahora Pinegrove era un último reducto. Sus cuarenta camas estaban reservadas a los casos más graves e incurables de trastornos mentales y deterioro cerebral. «Si puedes andar, hablar o levantar un tenedor sin matar a alguien, tu lugar no está aquí», solía bromear el ayudante principal.
Pero, al mismo tiempo, el abandono había proporcionado un manto de anonimato al trabajo de Cleaver, algo que a él le venía de maravilla. No había que lidiar con ningún burócrata.
Se acercó a la pared de gruesos cristales entretejidos con lazos de alambre, protegidos por una rejilla metálica que se extendía del suelo al techo, y contempló la tarde que caía sobre Manhattan. Los coches que circulaban velozmente por la autopista Franklin D. Roosevelt llevaban los faros encendidos, y las luces que se veían en las torres residenciales, brillando trémulamente en el atardecer, hacían que parecieran más cercanas.
Su ojo captó su propio reflejo. La bata blanca de laboratorio le devolvió el destello en el cristal oscuro como si fuese un fantasma, y pudo ver su rostro: la frente amplia, la coronilla calva, el pelo largo a los lados que ya comenzaba a mostrar vetas grises. Tenía cuarenta y dos años y estaba preparado para la fama.
Sabía que el experimento con la pareja de ancianos funcionaría. Le habían conmovido: marido y mujer, juntos durante treinta o cuarenta años, abandonados a su suerte, sin un lugar donde vivir. Pero había tenido que dejar la compasión a un lado. El anciano estaba preparado para morir, y ahora el hecho de esperar su muerte era como estar esperando a que el sol se escondiera en el horizonte. No era más personal que eso.
Cleaver miró hacia fuera.
