
Miró a través de la línea del cielo de Manhattan, vio el hospital St. Catherine y frunció el ceño. Saramaggio estaba allí; el mundialmente famoso Leopoldo Saramaggio, jefe de neurocirugía. Aquellos médicos, lo bastante talentosos como para formar parte del equipo del célebre cirujano, disfrutaban de la gloria que él les aportaba, y la adulación molestaba a Cleaver. Había trabajado codo con codo con él; su experiencia en el campo de los ordenadores era esencial para el trabajo de quirófano. Saramaggio lo necesitaba más que él a Saramaggio. Eso era algo que Saramaggio aún no había comprendido, pero algún día lo haría.
Apartó ese pensamiento de su mente. En Pinegrove, él era el jefe. Podía ser un edificio ruinoso y parcialmente abandonado, pero era todo suyo. ¡Y mira lo que había hecho con él! Había implorado para conseguir seis millones de dólares de fundaciones médicas, y con ese dinero había instalado un laboratorio. Todo el equipamiento que necesitaba permanecía a salvo de la vista de los curiosos en el sótano del edificio. Y lo que era aún más importante, disponía de un suministro regular de pacientes para su estudio. Esos pacientes representaban el núcleo duro, los olvidados y rechazados que no tenían esperanza alguna de ver nuevamente la luz del día: el paranoico que jamás recuperaría la razón, el individuo con disfunción que padecía un síndrome tan extraño que carecía de nombre, el niño nacido sin hemisferio izquierdo en el cerebro. Algunos de ellos habían sido abandonados en la calle, otros habían sido enviados por padres que estaban desesperados. Si alguna vez habían tenido familias que se preocupaban por ellos, los visitaron durante un tiempo y luego dejaron de venir. Porque, había que reconocerlo, el lugar era deprimente.
