Todo eso significaba que Cleaver disfrutaba de cierta libertad necesaria en su trabajo. Eso formaba parte de una larga y venerable tradición en neuroanatomía: el trabajo de Paul Broca con epilépticos en el hospital Bicétre de París en la década de 1860, los experimentos de Carl Wernicke sobre el centro receptor del lenguaje en el cerebro en la Alemania de la década de 1870, Wilder Penfield realizando intervenciones quirúrgicas en el cerebro con anestesia local para trazar su mapa de las sensaciones corporales en los años cuarenta y cincuenta. Ninguno de ellos había sufrido coerciones en su trabajo.

Y, después de todo, no se podía obtener nada del estudio de personas normales. Los avances científicos se conseguían a través de los heridos y los chiflados, aunque pudiera parecer cruel. Los grandes avances eran el producto de grandes hombres que no se amedrentaban en el momento de operar: cortaban la carne y serraban el cráneo; separaban los cerebros de los monos e insertaban electrodos en los cerebros de los gatos. Pensaba en Friedrich Goltz, el joven profesor de fisiología que insistió en la localización de la función cerebral en el Séptimo Congreso Internacional de Medicina celebrado en Londres en 1881; en cómo había abierto su maletín para extraer la cabeza ensangrentada de un perro que había sufrido cuatro operaciones en el cerebro. Goltz había sido un verdadero científico.

Algún día, tal vez, el nombre de Cleaver se uniría al de todos ellos. Él se encargaría de terminar lo que ellos habían empezado. Porque él estaba tratando nada menos que de delinear y medir el más esquivo de los conceptos teóricos: la propia mente. Se puede llamar como se quiera: conciencia humana, psique, razón, lo que los antiguos llamaban «el asiento del alma», o lo que los teólogos llamaban alma. Constituía el primer y último gran misterio. Porque, ¿cómo podía la mente humana examinarse a sí misma? Eso sería como un ojo que tratara de verse sin la ayuda de un espejo.



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