Pero nosotros sabemos que existe. Lo sabemos de una manera intuitiva porque lo experimentamos desde nuestro interior. Sócrates, que ni siquiera sabía que el cerebro era el centro del funcionamiento mental, que creía que el corazón era el órgano encargado de la facultad de pensar, sabía sin embargo que había algo que nos gobernaba que no podía explicarse sólo en términos físicos.

Cleaver lo llamaba ánima, la quintaesencia de la conciencia, esa parte de nosotros que nos hace ser conscientes de nosotros mismos y nos separa de todo lo demás. Era una palabra que procedía del latín, el femenino de animus, la mente o el espíritu; un vocablo con un extenso y honorable linaje, incluyendo a Carl Jung, quien la describió como el verdadero yo interno. Pero Jung simplemente había teorizado con respecto a su existencia. Cleaver estaba dispuesto a demostrarla. Y lo haría esa misma noche preparando una trampa. Si el ánima existe en vida, entonces debe liberarse en la muerte. Y si es liberada en la muerte y, como reza el folclore, viaja a través del espacio para establecer contacto con un ser amado en el preciso momento del fallecimiento, ¿por qué no tratar de registrarlo a través de neuroimágenes? Y registrarlo no sólo en la persona que muere -uno esperaría ver dislocaciones en la actividad cerebral en ese caso-, sino en la persona viva, en el receptor. ¿Por qué no ver si la persona viva registra una extraordinaria actividad cerebral en el momento exacto en que la otra persona muere?

Cleaver abandonó su fantasía y regresó por el corredor. Pasó junto al pabellón y echó un vistazo a través del grueso cristal de la pequeña ventana de la puerta. Vio a una docena de pacientes: algunos yacían inmóviles en sus camas, otros vagaban por la habitación, y alcanzó a oír el apagado susurro de los monólogos y el altisonante y agudo discurso. Continuó su camino pasando junto a la sala de enfermeras y el corredor que se bifurcaba hasta llegar a la habitación que buscaba.



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