Al igual que la habitación del anciano, ésta también daba al río. Lo había dispuesto deliberadamente cuando organizó el experimento: por qué no ofrecerles al menos una vista agradable, había pensado entonces, algo etéreo, algo trascendente. Entró sin llamar y miró fijamente a la mujer mayor. Ella no estaba interesada en el paisaje que se extendía fuera de la ventana. Estaba sentada en la cama, apoyada en las almohadas, el casco colocado en su lugar desde arriba, de modo que, bajo la tenue luz de la habitación, por un momento dio la impresión de ser hidrocefálica. Tenía los ojos cerrados como si estuviese dormitando. Felicity, su otra ayudante, estaba ocupada con las máquinas, comprobando los cuadrantes y tomando lecturas.

– ¿Cómo va todo? -preguntó Cleaver.

Felicity se sobresaltó ante el sonido de su voz. No lo había oído entrar.

– Bien -dijo ella, ocupada con los aparatos.

Tenía una tablilla con sujetapapeles, aunque no era necesaria; los datos que emitían las máquinas quedaban registrados automáticamente.

– ¿Y el RMT? -preguntó, mirando el casco que se ajustaba alrededor del cráneo de la mujer.

El acrónimo significaba «receptor magnético transcranéál», un aparato que registraba los impulsos eléctricos de la actividad cerebral. Era casi tan eficaz como recogerlos en forma de tomografía de emisión de positrones, y presentaba la ventaja de ser un instrumento portátil. La información era enviada a un ordenador y mediante la manipulación de un botón podía llevar el corte transversal de cualquier parte del cerebro a una pantalla de sesenta centímetros de ancho.



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