
– Parece que está bien. Por el momento está tranquila. -Por supuesto que está tranquila -dijo una voz áspera, agresiva, procedente de la cama-. Usted me dijo que descansara.
A Cleaver le divertía el ánimo de la anciana. Ella siempre había parecido más fuerte que su esposo. Se acercó a la cama y apoyó una mano sobre su hombro, del mismo modo que le había visto hacer a un profesor en la Fa cultad de Medicina de la Universidad de Nueva York durante sus rondas con los estudiantes. Como respuesta, la mujer se irguió en la cama, de modo que una de las almohadas cayó en el estrecho espacio que había detrás de su espalda. Alzó la vista y miró a Cleaver.
– Elmore-dijo, ahora con voz quejumbrosa y el rostro surcado de profundas arrugas de preocupación-. ¿Cómo está él?
Cleaver reflexionó sobre la respuesta. No tenía sentido darle demasiada información. No quería ponerla sobre aviso, podía echarlo todo a perder, aunque eso era bastante improbable. Además, tampoco tenía sentido mentirle.
– Está cerca del final. No siente ningún dolor y yace tranquilo en su cama. Pero no creo que le quede mucho. La mujer se mordió el labio y volvió la cabeza, fijando la vista en el río. Cleaver se acercó a la máquina e hizo girar un botón. La pantalla se llenó con una imagen exterior de su cerebro, elevándose como un puño deforme en el extremo de la muñeca: los pliegues de la corteza cerebral, la pequeña y ceñida protuberancia del cerebelo, el tronco cerebral. Manipuló otros dos botones y en la pantalla aparecieron secciones transversales, finos cortes a lo largo de los planos sagital, coronal y axial.
A partir de esos datos pudo leer inmediatamente cuál era su estado. Las emociones de la mujer estaban provocando pequeños estallidos de actividad que quedaban registrados en brillantes colores debido a la sustancia colorante que había ingerido. A él siempre le recordaba una tormenta, rayos y relámpagos iluminando un manto de nubes sobre el océano.
