Era una buena señal. Era exactamente lo que quería ver. En cualquier momento, sin duda dentro de una o dos horas, llegaría el momento.

Pero, tal como se fueron sucediendo los acontecimientos, Cleaver tuvo que esperar mucho más. Habría tenido tiempo suficiente para acudir a su despacho, quitarse los zapatos y echar una cabezada en el sofá de cuero, si no hubiese estado demasiado nervioso para dormir. Incluso tiempo suficiente para haber caminado hasta el puente de Queensboro y haber cogido el tren elevado a Manhattan para una cena solitaria, si la perspectiva de estar tan lejos del hospital no lo hubiese llenado de ansiedad. Cleaver intentó leer algo pero no podía concentrarse. Estuvo mirando la televisión durante un rato y luego salió a dar un paseo nocturno.

Estaba caminando por la zona de la isla que correspondía a Queens cuando recibió la llamada. Había estado recorriendo el descuidado paseo y aspirando el olor que llegaba del río. Una brisa impregnada de sal pasó junto al cartel rojo de Pepsi-Cola y pudo oír cómo silbaba levemente al cruzar por debajo del puente hacia el norte. Entonces, su busca comenzó a zumbar con una estridencia que lo sobresaltó. Echó a correr de regreso al edificio, y en el primer escalón resbaló y se golpeó la espinilla izquierda, lo que le hizo proferir un insulto.

Llegó a la tercera planta sin aliento.

– ¿Y bien? -le dijo a Félix en tono acusatorio, como si hubiese sido su ayudante quien hubiera estado dando un paseo por la oscuridad.

– Sus signos vitales se debilitan rápidamente. Se acerca el final.

…– Muy bien. Voy a la otra habitación. Ya sabes lo que debes hacer. Recuerda, vigila la actividad cerebral y envía una señal en el momento exacto de la muerte tan precisamente como puedas determinarlo, ni un instante antes ni un instante después.

Félix asintió.

Cleaver corrió por el pasillo, la bata agitándose detrás de él. Cuando llegó a la habitación no dio crédito a lo que veía: la anciana estaba durmiendo.



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