– Despiértala -ordenó, con mayor severidad de la que pretendía.

Felicity se levantó de un salto de la silla y corrió hacia la cama, pero la mujer ya había abierto un ojo pequeño y brillante.


– No hay necesidad de gritar -dijo-. Estoy despierta. Cleaver estuvo tentado de disculparse, pero se mantuvo en silencio, porque ya había percibido algo. El otro ojo de la anciana se había abierto y ahora ambos ojos aumentaban súbitamente de tamaño y ella miraba hacia un rincón lejano como si estuviese viendo algo terrible. Le temblaba el labio inferior.

Miró detrás de la cama. La pequeña luz que estaba situada detrás de la mujer y fuera de su vista estaba encendida. Félix había enviado la señal. Cleaver volvió ligeramente la cabeza y vio que la pantalla estaba registrando todos los impulsos eléctricos que ella estaba produciendo. Estallidos de color por todas partes rebotaban como fuegos artificiales, pero él ya podía notar que se estaban concentrando debajo de la corteza cerebral, cerca del hipotálamo. La señal enviada por Félix también estaba registrada en la pantalla como una línea ondulada; ahora se produciría un registro cronológico de las actividades de ambos cerebros, perfectamente sincronizadas. Las videocámaras instaladas en las dos habitaciones también estaban funcionando.

Los temblores aumentaron en los labios de la mujer y formaron un agujero negro y tenso. Comenzó a hablar con un sonido de asombro bajo, casi gutural.

– Elmore -dijo-. Elmore.

Repitió el nombre una y otra vez. Ahora miraba hacia el rincón de la habitación, inclinándose hacia allí como si la empujase una poderosa fuerza magnética.

– Puedo verte, puedo verte -dijo ella-. ¿Qué sucede? ¿Qué sucede, querido?

Se había olvidado de ellos, estaba completamente absorta en la visión, perdida en otro mundo.

Cleaver sintió que se le aceleraba el pulso. Todo funcionaba a las mil maravillas. Estaba registrando todo el proceso, unos datos que serían clasificados y analizados hasta que tuvieran sentido.



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