
La anciana continuó con la vista fija en el rincón de la habitación durante varios minutos, pero dejó de hablar, sólo asentía. Luego se hundió nuevamente en la almohada, los ojos aún abiertos pero ya no fijos en la aparición. Era difícil leer la expresión de su rostro: perturbada pero, al mismo tiempo, casi extasiada. Cualquiera que fuese el secreto que le había sido revelado, lo guardaba para sí. Cleaver podía ver en la pantalla que Elmore estaba clínicamente muerto.
Todo había terminado.
Se recompuso, inspiró hondo y miró de modo portentoso a Felicity, que parecía atontada. Tosió ligeramente como para obligarse a volver a la realidad.
– Bien -dijo Cleaver-, acabas de ser testigo de algo realmente extraordinario. ¿Tienes idea de lo que has visto? Felicity lo miró y negó con lentitud con la cabeza. -Contacto psíquico en el momento exacto de la muerte, totalmente registrado por primera vez. ¿Qué dices a eso?
– ¡Dios mío! -dijo Felicity con la boca abierta. Cleaver desvió la mirada. «Dios mío», repitió para sí. Acto seguido, apartó el pensamiento de su mente. «Había sido un gran experimento», pensó. Y como todos los grandes experimentos, engañosamente simple. Era como una nuez dentro de la cáscara. Durante siglos, probablemente milenios, la gente había hablado de los fenómenos de visitas de la muerte: todas esas historias de viejas que hablan de la visión de un ser querido en el momento de morir, sobre gente separada por enormes distancias que se reúnen en el instante final, sobre experiencias de muerte en las que la gente sale de sus propios cuerpos y se dirigen hacia una luz cegadora. Tenía que haber algo en esas historias. Pero sólo Cleaver había pensado en intentar medir el fenómeno, la neurobiología del alma, y en crear un medio para lograrlo.
Hasta donde Cleaver era capaz de recordar, su vida intelectual había estado impulsada por dos conceptos. Uno era la idea de que la mente era capaz de existir fuera del cuerpo, de que los pensamientos, los temores, los sueños,
