Las pesadillas y las emociones tenían una existencia independiente. El otro era la idea de que las máquinas y el hombre podían fundirse, a través de esa mente desposeída de cuerpo, para crear el nuevo hombre del futuro. Porque si la mente podía ser medida de alguna manera, si existía como algo que viajaba de un punto a otro, entonces se la podía capturar. Y si era posible capturarla, podía ser unida al potencial infinito que proporcionaban las máquinas, una especie de chispa divina de inteligencia dirigida que haría que la Creación pareciera un juego de niños.

Cleaver miró a Felicity y suspiró. Era una lástima que no tuviese una ayudante de laboratorio que supiera valorar aquel momento.


Kate Willet había resistido el impulso de colocar el adhesivo con su nombre sobre el bolsillo superior de su recién estrenado traje de chaqueta de rayas finas. La verdad era que nunca se le habían dado bien las visitas guiadas, nunca le habían gustado las multitudes.

De hecho, no pertenecía a esa multitud. Miró a su alrededor mientras subían en fila al autobús, en su mayoría mujeres con el pelo rizado que eran demasiado mayores para llevar esas faldas tan cortas, y hombres cuyo exagerado acicalamiento (uno de ellos llevaba una perilla negra sin un pelo fuera de lugar) sugería una vanidosa satisfacción. Todos ellos eran miembros activos de la American Psichological Association.

Un hombre joven y delgado de su edad, treinta y pocos años, se sentó junto a ella. Le sonrió fugazmente, sólo una media sonrisa para mostrarse amable. Era su educación provinciana.

– Menudo viaje, ¿eh? -dijo el hombre, señalando hacia la ventanilla con la barbilla.,

Ella se tomó el comentario como una referencia a la visita previa a South Bronx. El día era caluroso y las bocas de incendios estaban abiertas; pequeños cuerpos negros corrían, gritando, delante de los chorros de agua.



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