
Kate asintió evasivamente. Sólo llevaba tres semanas viviendo en la ciudad y le estaba costando adaptarse. Hasta el momento, lo que más le gustaba era la vida en las calles. Además, los niños hacían que añorase la normalidad de su pequeña ciudad natal: cuando uno los miraba, ellos devolvían la mirada.
Una mano grande se extendió por encima de su regazo, abierta y ansiosa.
– Butterworth -dijo el hombre-. Fred Butterworth. Ella tuvo que volverse hacia él para estrecharla. -Kate Willet.
Hubo una breve pausa.
– Bien, Kate. ¿Dónde tienes tu consulta?
– Me temo que no tengo ninguna -contestó-. No soy psicóloga, ni psiquiatra. Sólo aprovecho el viaje.
– Oh, ¿y a qué te dedicas? -Soy neurocirujana. -Oh.
Pudo reconocer la decepción en su voz. Su profesión tendía a hacer que la gente clavase los frenos, especialmente los hombres. Hacía que se pusieran a la defensiva.
– Me han trasladado a Nueva York hace algunas semanas, después de hacer mi residencia en California. Estoy en el St. Catherine.
Él pareció animarse.
– Con el famoso Saramaggio, -Así es.
Él soltó un débil silbido.
– ¿Qué piensas de él? -preguntó el hombre.
– Bueno, no hay duda de que es un médico brillante. Buenas manos, como suele decirse. Me sentiré satisfecha si algún día llego a ser la mitad de buena que él.
Su compañero de viaje asintió y ella se quedó en silencio. La verdad era que estaba nerviosa ante la perspectiva de encontrarse nuevamente con Saramaggio. La primera entrevista había ido bien -de hecho, él había estado encantador-, pero su reputación de perfeccionista implacable era pavorosa. Ella amaba la medicina y lo que más deseaba era sobresalir en el ejercicio de su profesión. Por ese motivo había ido al este a trabajar con uno de los mejores equipos de neurocirugía que había en el país.
