Pero había algo en Saramaggio que resultaba inquietante, un soplo del complejo de dios que afectaba a tantos neurocirujanos. Ella había llegado a detestar a su anterior jefe de cirugía en San Francisco, un hombre técnicamente brillante, pero que tenía un ego del tamaño de una pelota de playa. Cuando todo había acabado, no parecía preocuparse por sus pacientes. Raramente volvía a verlos después de la operación y ellos, a su vez, raramente le enviaban fotografías una vez recuperados. Era decepcionante pensar que el genio podía reducirse a una cuestión de destreza manual.

Obviamente, ella no compartió nada de todo eso con el señor Butterworth. Lo miró de reojo. No era feo, pero sus ojos parecían aburridos. Como muchas mujeres, incluyendo su homónima shakesperiana, Catalina de Aragón, Kate era exigente: sólo podía interesarle un hombre que estuviese a la altura de su inteligencia. Necesitaba que él tuviese esa agudeza juguetona tan propia de ella, de modo que no fuese necesario tener que decirlo todo. Ésa era la chispa que encendía el flirteo en ella.

Sus exigencias eran elevadas; no, según ella, exageradas. En una o dos ocasiones había estado cerca del amor, lo bastante cerca como para sentir algo sin que las llamas la abrasaran, y ya estaba empezando a perder la esperanza de encontrar al hombre adecuado. Su soledad se había visto acentuada por Nueva York, una ciudad que la abrumaba. La gente caminaba tan deprisa por las aceras que parecían dejarla inmóvil, y una o dos veces al anochecer, mientras se masajeaba los pies después de un día de exploración, le preocupaba la posibilidad de que hubiese cometido un error al ir allí. En San Francisco había dejado a un buen hombre, Harry. Era una persona ingeniosa y amable, tan presentable que sus amigas bromeaban diciendo que querían ser informadas cuando la ruptura fuese inminente. Pero hacía algún tiempo había comenzado a sospechar que no era el hombre adecuado para ella, y ahora la separación le confirmaba que no se había equivocado.



22 из 446