
– Este lugar que vamos a visitar, Pinegrove, se supone que es realmente algo serio -dijo Butterworth-. Una especie de casa del terror.
Su rostro se ensombreció.
– Oh, lo siento -continuó-. El lugar donde trabajas,
St. Catherine, ¿no está asociado a Pinegrove?
– Sí -dijo ella-. Ésa es precisamente la razón de que esté aquí. Quiero verlo.
– Bien. Eso tiene sentido. Oye, te dejaré mi tarjeta.
Se incorporó a medias en el asiento y buscó en uno de sus bolsillos. Sacó una tarjeta y se la tendió. Ella le echó un vistazo.
FREDERICK BUTTERWORTH Corporación de suministros para hospitales Flushing, Queens, NY
Desde ambulancias hasta máquinas de rayos X. Si no lo tenemos, sabemos dónde encontrarlo.
– Gracias -dijo ella.
Guardó la tarjeta en su bolso y volvió a mirar a través de la ventanilla, tratando de imaginarse la ruta. Cuando se volvió para hablar con su acompañante no pudo evitar una sonrisa. El señor Butterworth se había dormido, y no se despertó hasta media hora más tarde, cuando el autobús giró en una esquina alrededor de un almacén en Queens y el conductor redujo la velocidad a segunda para cruzar el estrecho puente que conducía a Roosevelt Island.
Después de la excursión, los visitantes entraron en una gran sala pintada de verde hospital, con sillas dispuestas en filas irregulares. Todos estaban callados como niños en una ejecución. Tal vez estaban conmocionados por los pabellones que acababan de visitar: el olor a antiséptico que asaltaba la nariz, los farfulleos y los sonidos chirriantes de las sillas al ser arrastradas por el suelo, los pacientes que vagaban sin rumbo o permanecían sentados en sus camas, meciéndose. Uno de los enfermos, un hombre con el pelo cortado al cero, con una sonrisa vacía y unos ojos que no cesaban de moverse, tenía llagas abiertas en la cabeza.
Como psicólogos y psiquiatras, todos ellos habían pasado mucho tiempo en pabellones que alojaban a enfermos mentales, y eran inmunes a la visión de individuos que susurraban continuamente sus propias alucinaciones.
