
Kate se sentó cerca del fondo en una silla de madera cuyo brazo derecho se extendía ante ella, una silla de examen. Estaba furiosa por lo que había visto. No era que pareciera que los pacientes fuesen maltratados, sino que habían sido claramente enviados hacia un lugar donde podían olvidarse de ellos. Los imaginó viviendo sus vidas un largo día tras otro en aquel horrible lugar, sin sentido alguno y para siempre, sin hallar alivio.
Butterworth estaba sentado a su derecha; Kate comprobó que la breve visita guiada por el edificio lo había afectado. Ambos se miraron y él alzó las cejas y sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro.
Presentaron a un hombre que llevaba bata de médico, el doctor Warren Cleaver. Kate reconoció el nombre. Trabajaba con Saramaggio y decían que era un médico brillante, licenciado en inteligencia artificial y neurología. Los rumores lo perseguían -decían que era más autómata que sus ordenadores-, pero ella los había atribuido a la envidia, porque era evidente que Cleaver tenía éxito. ¿Por qué estaba trabajando con enfermos mentales?, se preguntó. Lo observó detenidamente: un hombre bajo y robusto, con una cabeza grande y una calva en la coronilla, como Lenin, pensó.
La auxiliar administrativa, una mujer de pelo cano con gafas gruesas, se encargó de la mayor parte de la conferencia. Describió la historia de Pinegrove, habló del presupuesto y de lo difícil que resultaba conseguir más dinero de las arcas del estado y encontrar enfermeras y ayudantes que fuesen realmente competentes. No cabía duda de que el dinero era difícil de conseguir; estaba claro que la administración del hospital se enfrentaba a obstáculos enormes. Su retahíla de quejas se desgranó con una monotonía absolutamente desapasionada.
