
– Cuando pague al banco -grazna a través de la ventanilla cerrada- podrá recuperar el coche.
Y con un gesto de los brazos huesudos del Compsognathus, la grúa encaja la primera y se aleja arrastrando mi amado Lincoln Continental Mark V.
Me quedo mirando la calle desierta durante un momento, aun después de que las luces traseras de la grúa han desaparecido tragadas por las sombras de la noche.
Ohmsmeyer se encarga de devolverme a la realidad. Me está mirando las piernas, las manchas de barro que llevo en los pantalones. Una lenta oleada de furia traza una profunda arruga en su frente. Sonrío, tratando de disipar cualquier muestra de violencia.
– ¿Supongo que no podría utilizar su teléfono?
– Usted estaba entre mis matorrales… -En realidad, yo… -Usted estaba en la ventana… -Aquí hay una cuestión técnica que me gustaría… -¿Para qué cono es esa cámara? -No, verá… Creo que usted se confunde… No puedo continuar porque un rápido golpe en el estómago me dobla en dos. Es un golpe de peso pluma, nada más, pero la combinación del golpe del jodido mamón con cinco ramilletes de albahaca me ha aturdido y a punto estoy de largarla segunda mitad del almuerzo. Retrocedo y alzo las manos por encima de la cabeza en un gesto de semirrendición. Eso ayuda a que se disipe la sensación de náusea. ¡Diablos!, podría repeler el ataque -incluso completamente disfrazado podría hacerle morder el polvo a este contable, y sin las correas y las fajas y las hebillas que llevo puestas, podría arrancarles la piel a tiras a dos Iguanodon y medio-, pero los acontecimientos de la noche han perdido todo su encanto y prefiero dar por terminados los festejos. -¿Quién cono se cree que es? -pregunta, mirándome con gesto amenazador y preparado para volver a golpear-. Puedo olerle desde aquí. Velocirraptor, ¿verdad? Tengo ganas de denunciarle ante el Consejo.
