– No sería el primero -digo, irguiéndome otra vez y mirando al tío a los ojos. ¡Qué diablos!, las fotos estarán listas por la mañana y hasta podría darle a este pobre tío un poco de ventaja en cuestiones legales.

Extiendo la mano y, ante mi sorpresa, el Iguanodon la estrecha.

– Mi nombre es Vincent Rubio -digo-. Soy investigador privado y trabajo para su esposa, Y si yo fuese usted, señor Ohmsmeyer, comenzaría a buscarme un buen abogado especializado en divorcios.

Silencio. El dinosaurio comprende que lo han cogido, y que lo ha hecho el mejor. Me encojo de hombros y esbozo una débil sonrisa. Pero mientras su ceño se arruga, me doy cuenta de que no es la expresión facial adecuada para expresar miedo, ira, traición o cualesquiera otras emociones que yo pudiese esperar. Este tío sólo está… confuso.

– ¿Ohmsmeyer? -dice, y empieza a comprender lo que está pasando-. ¡Oh!, ¿usted quiere a Ohmsmeyer? Vive en la casa de al lado.

Es una hermosa noche. Decido regresar a casa andando. Con un poco de suerte, tal vez conseguiré que me atraquen.

En la ventana aún se lee «Watson y Rubio. Investigaciones Privadas», aunque Ernie lleva muerto nueve meses. No me importa. No pienso cambiarlo. Un cabrón del edificio vino con la intención de quitar el Watson de la ventana pocas semanas después de que Ernie se hubiese despedido de este mundo, pero le obligué a largarse por piernas con una escoba y una botella de ron rota. Afortunadamente el alcohol no me afecta, porque si no hubiese estado mucho más cabreado… Era un ron bastante caro.

La oficina tiene ese olor a alfombra mohosa, a vieja dama, a olvidé-meter-la-ropa-en-la-secadora. Estoy acostumbrado a aspirarlo cada vez que regreso de una sesión maratoniana de vigilancia, lo que resulta sorprendente cuando se tiene en cuenta que se llevaron la alfombra hace dos meses.



12 из 337