Aun así, no importa con cuánto esmero desinfecte la oficina antes de emprender un viaje, porque esas jodidas bacterias encuentran siempre la manera de reunirse, reproducirse y contaminar cada centímetro cuadrado de este lugar; algún día cogeré a esas pequeñas mamonas. Todavía no he llegado al estadio de venganza personal, ya que resulta francamente difícil guardarle rencor a un organismo unicelular, pero estoy haciendo un esfuerzo por alcanzar el siguiente nivel.

Además, olvidé sacar la basura antes de marcharme, y encima la oficina está más fría que un glaciar del mesozoico. Parece ser que dejé el aire acondicionado en funcionamiento todo el jodido tiempo y ni siquiera me atrevo a pensar en las consecuencias que eso tendrá en la factura de la electricidad. He tenido suerte de que no me la hayan cortado directamente; la última vez que lo hicieron la nevera dejó de funcionar y la albahaca se echó a perder, aunque yo ya estaba bastante colocado cuando empecé a masticarla y no me di cuenta hasta que ya era demasiado tarde. Aún siento escalofríos cuando pienso en el espantoso viaje que tuve.

Hablando de facturas: al parecer me he convertido en el feliz ganador de al menos dos docenas de ellas, que añado de inmediato a la floreciente pila que hay en el suelo de la oficina. Está también el ocasional correo de propaganda y el cupón para una limpieza al vapor de una alfombra para cuatro habitaciones, pero la pila contiene principalmente airadas misivas impresas en hojas de papel de un rosa brillante, documentos legales llenos de palabras altisonantes que amenazan seriamente mi bienestar económico. Ya he superado con creces la fase de «por favor, responda con la mayor brevedad» y exacciones por el estilo. Ahora han llegado la indignación y los abogados, y se requiere un elevado grado de concentración para no prestarles atención. Lo único bueno que tienen los jodidos débitos es que hace tiempo que he dejado de recibir incontables ofertas de tarjetas platino, de tarjetas oro o de cualquier clase de tarjetas.



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