
«En cualquier caso -continúa, consumiendo un valioso espacio digital en la memoria de mi contestador-, pensé que ya que somos viejos colegas y todo eso, podrías adelantarme alguna noticia sobre tu expulsión del Consejo. Quiero decir, ahora que ha habido una rectificación, por los viejos tiempos, ¿eh, colega?» Ya es bastante malo ser un gilipollas, pero resulta mucho peor cuando se es un gilipollas peligroso. Mencionar el Consejo o cualquier otro lema relacionado con los dinosaurios en un contexto en el que un ser humano puede escuchar accidentalmente la conversación es un terminante no, no. Pulso la tecla borrar y me doy un masaje en las sienes. Esta jaqueca se está tomando su tiempo para aparecer en mi felpudo de bienvenida, pero las migrañas de desarrollo lento son las que realmente te machacan una vez que comienzan a llamar a la puerta.
Bip: Clic. Alguien que ha colgado. Eso me encanta… El mejor mensaje es ningún mensaje; son innegablemente no retornables.
Bip: «Hola. Por favor, líame a American Express a…» De acuerdo, una cinta grabada; no está mal. No vienen realmente a por ti hasta mucho después de haber agotado la opción personal. Pulso borrar.
Bip: «Mi nombre es Julie. Llamo de American Express y busco al señor Vincent Rubio. Por favor, llámemelo antes posible…» Mierda. Borrar.
La sesión continúa más o menos de la misma manera durante tres o cuatro mensajes más, discursos tersos y breves, rebosantes de intimidación subliminal. Estoy a punto de dejarme caer en el sofá sin muelles que hay en un rincón y cubrirme la cabeza con un cojín andrajoso como si fuese un par de orejeras gigantes cuando una voz familiar se abre paso a través de la letanía de vitriolo.
