
Bip; «Vincent, soy Sally. De TruTel.» ¡Sally! Uno de los escasos seres humanos a quien he llegado a apreciar de mala gana, y aunque está afectada negativamente por su lastimosa estructura genética es bastante agradable. No es que sepa nada de nosotros -ninguno de ellos tiene ni la más remota idea de nuestra existencia-, pero es uno de los neanderthales menos ofensivos con quien he tenido que relacionarme. «Ha pasado mucho tiempo, ¿eh? Tengo un mensaje para ti…, un pedido, supongo, del señor Teitelbaum, y a él…, a él le gustaría verte en su oficina. Mañana.» El tono de su voz baja varios decibelios y susurra claramente en el auricular: «Creo que se trata de un trabajo, Vincent. Creo que tiene un caso para ti.» En este mensaje hay algo en lo que conviene pensar, algo inherentemente bueno; pero la mayor parte de mi cabeza está dedicada a combatir el dolor que parece haber decidido tomarse unas largas vacaciones en mis sinapsis. Guardo el resto de los mensajes para un momento en el que no sufra una jaqueca tan intensa, o bien para cuando disponga de un mayor contenido de albahaca en sangre, y vuelvo a tumbarme en el sofá. El dolor ha comenzado a irradiarse desde el centro de la cabeza y avanza a grandes y poderosas zancadas hacia mis lóbulos frontales. En mi cerebro se está celebrando en este momento una fiesta por todo lo alto: seis bandas de rock y tres pistas de baile, y soy el único que no ha sido invitado. Sólo entrada general, chicos, y dejad de golpear las paredes. Es hora de acostarse. Es hora de irse a dormir.
Sueño con una época en la que solía estar en el Consejo, una época en la que Raymond McBride era sólo el nombre de otro industrial muerto, una época en la que Ernie aún no había sido espachurrado por un taxista que se dio a la fuga, una época anterior a que me enganchara a la albahaca y anterior a que mi nombre figurase en la lista negra para cualquier trabajo de investigador privado que hubiese en la ciudad. Sueño con una época de productividad, de significado, de tener una razón para levantarse y saludar el sol de cada mañana. Sueño con el Vincent Rubio de los buenos tiempos pasados.
