Y entonces la escena cambia. Los días de ambrosía y cielos llenos de mariposas dejan paso a una batalla sangrienta que se libra entre toda la población moderna de dinosaurios: estegosaurios y brontosaurios se machacan a golpes; cuernos de Triceratops se clavan en los flancos de Iguanodon; Procom-psognathus se apiñan en callejones oscuros, gimoteando, petrificados. Y en medio de todo ese caos veo una mujer -un ser humano- con la cabellera al viento y los ojos encendidos de excitación y pasión, con los puños cerrados y disfrutando del aura de gloriosa y ardiente violencia que rodea su frágil cuerpo.

Sueño que me acerco a la mujer y le pregunto si le gustaría que la alejara de esa guerra civil, que la alejara de ese escenario; pero la mujer se echa a reír a carcajadas y me besa en la nariz, como si fuese un osito de peluche o su mascota favorita.

Sueño que la mujer se afila las uñas con una lima, retrocede y se une a la lucha, lanzándose hacia el informe montón de carne de dinosaurio.

2

A la mañana siguiente, Teitelbaum me está esperando, tal como sabía que lo haría; puedo ver su voluminosa silueta a través de los ladrillos de vidrio que forman la pared exterior de su oficina. Teitelbaum jamás abandona ese viejo escritorio de roble, ni siquiera durante la más espantosa emergencia. No importa cuál pueda ser la crisis; todo el personal está obligado a reunirse en esa habitación hortera y descuidada, llena de lo peor que ofrecen las tiendas de regalos de los aeropuertos de todo el planeta: un coco con las islas hawaianas pintadas en la superficie; una toalla de mano con la inscripción «Me limpiaron en Las Vegas» cosida a máquina; una bandeja para cubitos de hielo con moldes que muestran la forma del continente australiano. Puesto que sólo hay dos sillas para los invitados, la mayoría de los miembros del personal no tiene más remedio que sentarse en el suelo, apoyarse contra las paredes o esforzarse por mantenerse en pie durante los legendarios discursos que pronuncia Teitelbaum. En esa oficina todo es absolutamente degradante y estoy convencido de que así es como Teitelbaum quiere que sea.



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