
Tampoco me sorprendería descubrir que está permanentemente encajado en su sillón de cuero de respaldo alto; ese gran…, gran… gordinflón. Pero eso no viene al caso y es evidentemente injusto por mi parte criticar a un Tyrannosaurus rex por sus problemas de peso. Estoy seguro de que hay algo de fibra muscular enterrada debajo de toda esa carne flácida y colgante, y todo el mundo sabe que el músculo pesa más que la grasa. ¿O acaso es que el agua pesa menos que el músculo?
Oh, qué diablos! Lo mires por donde lo mires, Teitelbaum es un cerdo gordo, y no me importa repetirlo: ¡gordinflón!
Sólo estoy medio colocado, puesto que imaginé que no sería moralmente correcto ni mentalmente saludable aparecer ante Teitelbaum sobrio o pasado de rosca por completo, y este nivel de albahaca en sangre me va de puta madre. El mundo exterior se mueve a tres cuartos de velocidad, lo justo para que pueda captar todos los detalles importantes y prescindir de cualesquiera sentimientos de hostilidad. Las secretarias en la oficina exterior me miran con una expresión azorada mientras paso junto a ellas y oigo mí nombre reverberando en sucesivos susurros entre los diferentes cubículos. No me importa. Todo es de primera.
TruTel es la agencia de investigaciones privadas más grande de Los Ángeles -la segunda más grande de California- y, hasta que lo eché todo a perder, un empleador regular de mis servicios. En los días en que Ernie estaba en este mundo, nos llamaban a menudo para que echásemos una mano en cualquier caso que necesitase un poco de trabajo confidencial extra. Conseguimos un par de asuntos que rozaban los límites de la ley; eran tareas delicadas que la compañía no podía asentar en los libros, y pagaban realmente bien.
