Como es obvio, si tratas con TruTel tienes que tratar con Teitelbaum, y eso ya es otra cosa. Le encanta lanzar casos a los investigadores privados y contemplar cómo nos sacamos la piel a tiras, al igual que gallos de pelea, por el derecho a ganar una miserable comisión. Pero si quieres abrirte camino en este negocio, hay momentos en los que incluso tienes que inclinarte y sonreír a un Tyrannosaurus rex.

Es hora de entrar en el sanctasanctórum.

– Buenos días, señor Teitelbaum -digo al entrar en su oficina con una fingida resolución en mi paso y en mi voz-. Tiene un aspecto… muy bueno. Ha perdido peso.

Mis piernas están controladas, mis pies están controlados, mi cuerpo está controlado.

– Tú pareces una mierda -gruñe Teitelbaum, y me hace un gesto para que me siente. Acepto encantado el ofrecimiento.

Por algunos chismorreos que he alcanzado a oír en el vestíbulo, el mandarrias de TruTel, cuyo disfraz humano es una mezcla de Oliver Hardy y una montaña de sudor, se ha pasado la mayor parte de la semana concentrado en un nuevo juguete que llegó hace más de ocho días. Ha sido incapaz de hacer que funcione: en una esquina del escritorio hay uno de esos artilugios con cuatro bolas de metal unidas a una barra superior por medio de cuatro secciones de hilo de pescar. Al apartar una de las bolas exteriores y dejar que caiga contra las restantes se puede contemplar el milagro de las leyes de Newton mientras las pequeñas esferas metálicas golpean entre sí horas y horas. No obstante, Teitelbaum, quien probablemente jamás ha oído hablar de Newton, y quizá ni siquiera de algo llamado física, sigue intentando imaginar con todas sus fuerzas el funcionamiento exacto de su nuevo juguete. Le gruñe. Respira sobre él. Lo mueve con golpes torpes, apenas rozándolo con sus brazos pequeños.

– Perdón… -digo, interrumpiendo ese notable procedimiento científico-. ¿Puedo?



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