
Sin esperar su respuesta, extiendo la mano, agarro una de las esferas plateadas y la pongo en movimiento. El chisme comienza a funcionar con un clac-clac-clac uniforme, y resuena en la quietud de la oficina.
Teitelbaum mira las bolas con enorme sorpresa (clac-clac-clac) y con su bocaza pantagruélica completamente abierta (clac-clac-clac). Su desayuno ha sido una oveja; puedo distinguir la lana en sus molares. Finalmente, el palurdo recobra la compostura, aunque está absolutamente claro que se muere por preguntarme qué magia milagrosa he utilizado para poner en funcionamiento esa máquina.
– Me la trajeron del aeropuerto de Pekín -dice, esquivando al mismo tiempo el tema de su absoluta ignorancia-. Cathy tenía algunos negocios en Hunan.
Cathy es una de las secretarias de Teitelbaum y el único negocio que ha tenido nunca -nunca, nunca, nunca- consiste en viajar alrededor del mundo buscando chucherías en las tiendas de regalos para que el señor Teitelbaum pueda sentirse mundano y realizado sin tener que abandonar la seguridad, la comodidad y el relleno de su sülón de oficina. Y puesto que Teitelbaum compra todos los billetes de avión a su nombre, la pobre chica ni siquiera puede disfrutar de la bonificación de puntos por millas voladas. El salario anual de Cathy (lo sé porque hace algunos años eché un vistazo a su nómina) supera ligeramente los treinta mil dólares y, considerando que se pasa fuera de la ciudad casi todo el año, Teitelbaum se vio obligado a contratar otra secretaria -ahí es donde interviene Satty- para que se encargara de todo el papeleo que pasa por sus sucias manos. Como resultado de todo ello, los gastos de Teitelbaum en secretarias ascienden a más de sesenta mil dólares por año, todo con cargo a la compañía, lo que significa que sus investigadores privados de alquiler deben trabajar un montón de horas extraordinarias para compensar los gastos generales. Y todo ello para que el antiguo rey de Hamilton High pueda comprarse chismes para los que es demasiado estúpido, pues ni siquiera consigue hacer que funcionen. ¡Dios, cómo odio a los tirano-saurios!
