– Es muy bonito -le digo-. Brillante.

Me alegra que sea tan estúpido como para no darse cuenta de que le estoy tomando el pelo.

– Tengo una pregunta para ti, Rubio -gruñe Teitelbaum, recostándose en su sillón y haciendo que sus costados sebosos cuelguen a ambos lados del asiento-. ¿Estás colocado?

– Eso ha sido muy directo.

– Lo es. ¿Estás colocado? ¿Sigues dándole a la albahaca?

– No.

Vuelve a gruñir, olfatea, trata de mirarme a los ojos. Lo evito.

– Quítate las lentillas -dice-. Quiero ver tus verdaderos ojos.

Me aparto del escritorio y comienzo a incorporarme.

– No tengo por qué seguir escuchando esta…

– Siéntate, Rubio; siéntate. Me importa una mierda sí estás colocado o no, pero no tienes más alternativa que escuchar lo que tengo que decirte. Conozco a mucha gente en los departamentos de crédito. Conozco a gente en el banco. Estás sin blanca.

Parece que Teitelbaum disfruta con ese pequeño discurso; no me sorprende.

– ¿O sea? -pregunto.

– ¡O sea que no tengo por qué soportar tu presencia en mi despacho!

– A decir verdad -continúo-, me sentí ligeramente sorprendido…

– Hablas demasiado. Tal vez tenga algo de pasta para ti; tal vez. Quizá pueda encargarme de que haya un trabajito en tu camino; sólo Dios sabe por qué. Si (y éste es un si muy, muy grande. Rubio) es que estás dispuesto a trabajar para mí. Y no vas a cagarla como la última vez, cuando me dejaste en ridículo.

Sobre el escritorio de Teitelbaum pasa un leve temblor a través de las pequeñas bolas de metal, una especie de zumbido metálico; reducen la velocidad y finalmente se detienen. Teitelbaum me mira con dureza, y yo extiendo la mano y vuelvo a poner en funcionamiento el mecanismo de las bolas, que, según parece, es mi nuevo trabajo como empleado potencial de la empresa. Sólo espero que accionar una y otra vez este artefacto no sea la tarea que tiene en mente. Lo triste de todo este asunto es que yo me inclino a aceptarlo.



21 из 337