
– Me sentiría muy agradecido por esa oportunidad -le digo a Teitelbaum, y trato de mantener a las moscas fuera de la empalagosa enunciación de mi servilismo.
– Es seguro que lo estarás. En esta ciudad hay ochenta mercenarios de alquiler que se sentirían muy agradecidos si estuvieran en tu lugar. Yo no odiaba a Ernic -lo que viniendo de Teitelbaum es equivalente a una declaración de amor-, de modo que te daré esta oportunidad. Además, no tengo alternativa. En esta oficina hay diecinueve idiotas que se llaman a sí mismos investigadores privados, y cada uno de ellos está metido hasta el cuello en algún jodido caso mientras estiran el reloj para sacarse unos pavos extras. De vez en cuando aparece algún asunto con límite de tiempo, y sé hacia dónde debo mirar: un colgado del que nadie se acuerda y con complejo de socio muerto.
– Gracias.
– Mira, lo que necesito aquí son garantías. La última vez que te encargaste de un caso te pasaste de la raya y…
– No será como la última vez -lo interrumpo.
– Necesito garantías, garantías de que se hará lo que yo digo. Nada de dejar de cumplir las órdenes; nada de Harta con los polis. Si te digo que lo dejes, tú lo dejas. ¿Estamos en la misma longitud de onda?
– No será como la última vez -repito. -Estoy seguro. -Ahora el tono de su voz se ha suavizado de un modo casi imperceptible: de granito a piedra caliza-. Comprendo lo duro que debe haber sido para ti que Ernie muriera en un trabajo así. Trabajar con alguien durante diez años… -Doce.
– Doce años; eso deja huella. Lo entiendo. Pero fue un accidente, nada más, y nada menos. Lo atropello un taxi, y eso no es raro en Nueva York…
– Pero Ernie era un tío muy prudente… -No empieces otra vez con esa mierda.
