Lugar innombrado, secreto. Lugar del viento perenne, del abandono, desconectado de todos los otros lugares que lo circundan. Cerrado, autosuficiente, donde la totalidad de los elementos del paisaje no depende de otros: un pequeño universo reservado para nosotras. Y fue Violeta quien hizo la analogía entre la casa del molino y el paraíso.

¿Dónde, sino en el sur de Chile, se puede encontrar ese lugar?

Fue hace diez años, cuando Violeta volvió a este país. Su larga ausencia la indujo a retomar de inmediato el camino del sur. Esa vez levantaba carpa cerca de Puerto Octay, a orillas del lago Llanquihue, para dirigirse a Ensenada. Habiendo dejado atrás el pueblo de Cascadas, bordeando un camino rústico, elevado y panorámico que serpentea junto al lago, Violeta captó de pronto la totalidad del paisaje y recibió el primer impacto de su majestad. Era un día claro y ante sus ojos se presentó el volcán Osorno: el emperador de los volcanes, como lo bautizó ella. A ambos lados divisó, nítidos, el Puntiagudo y el Tronador. Sus cumbres cubiertas de nieve contrastaron armoniosamente con el azul intenso de las aguas del lago y los variados verdes de la vegetación. (Más tarde iba a aprender que en los días de lluvia, en cambio, las aguas y el cielo se aproximan a los diversos matices del gris, y hasta las plantas y los árboles se hacen borrosos, con un color indefinible que se asocia a esa rara combinación: fuerza y serenidad.) Continuó el serpenteo, cada vez más subyugada por el panorama del lago. En un momento observó que el camino se bifurcaba y que todos los automovilistas seguían el trazado principal de manera natural. Lo importante es que Violeta percibió un desvío y quiso seguirlo. El amigo que la acompañaba reclamó que no era ésa la dirección. Violeta insistió y descendió por una huella abrupta, con curvas suficientes como para no ver lo que había abajo, y con obstáculos y baches como para desalentar al más entusiasta.



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