Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del momento aquél, el único en que se es diosa. Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior para que ella naciera: una mujer es la historia de su sangre.

Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores. También una mujer es la historia de su utopía.

Violeta.

Ésta quisiera ser la historia de Violeta, si la mía no se entretejiera tanto con la de ella. Pero nuestras biografías no me permiten la distancia necesaria. Tampoco algunas marcas comunes, como el sentido de la pérdida, el de la exclusión y cierto desprecio por lo opaco.

Probablemente, ella definiría su vida como una historia de pasión. Sin embargo, si extiendo la mirada, creo que no, no es sólo la pasión. La historia de Violeta es una historia de añoranza.

2.

A pesar de nuestras diferencias, Violeta y yo teníamos cosas en común. Por ejemplo, la honestidad y el amor por las blusas de seda. Y el brillo. Siempre nos importó el brillo. No el usual ni el obvio. Requeríamos una cierta luz sobre nosotras. Una luz que nos salvara de lo inmediato, que nos alejara de la vulgaridad. Detestábamos lo ordinario. Por ello, compartíamos el deseo de soledad. La soledad física. A medida que pasaban los años la valorábamos más, como si su carencia impidiera todo florecimiento. Sin ella, Violeta y yo nos marchitábamos. Nos reconocíamos como mujeres de nuestro tiempo y no éramos tan ilusas como para no comprender que nuestro tiempo se confabulaba contra este inocente deseo. Fue buscando esta soledad, entonces, que Violeta dio con ese lugar: la casa del molino.



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