
– Maldición si lo sé. -El aire de la noche era frío, y Andrea se abrazó-. ¿Por qué todos ustedes no son dominantes así yo no tendría que vérmelas negras para conocer a alguien? Y tú podrías ser heterosexual también. Heterosexual sería bueno.
Ella se apoyó al lado de él en el coche, su brazo rozándolo afablemente. Era su mejor amigo desde que ella podría recordar. A los cinco años habían ido a las cruzadas con varas como espadas, y un estropeado triciclo sacado de la basura como caballo. A los quince, cuando él se fue, ella había usado como paño de lágrimas a cualquier persona que sintiera pena. Después de que él terminó la universidad, había regresado aquí de Miami, convirtiéndose en un miembro extraoficial de su enorme familia.
– Soy quién soy. -Él sonrió y le tironeó uno de sus rizos-. Pero todavía sigue haciéndoseme difícil creer que eres sumisa. Nunca has permitido que nadie te diera órdenes. ¿Estás segura?
– Me temo que sí. -Después de leer una novela romántica que hablaba del BDSM, había convencido a un novio de intentarlo-. La sumisión es diferente dentro de… -su cara quemaba-, dentro del… sexo. Ir a la cama con muchos tipos es tan excitante como hacer el amor con… bueno, con un hermano o algo así. Puro bla, bla, ya sabes. ¿Recuerdas cuando te diste cuenta de que eras homosexual? Dijiste, “Es por eso que nada funcionó para mí antes. Necesito esto”. Bien, eso es lo que me sucedió a mí con el BDSM. Cuando alguien me dice que haga algo y puedo obedecer, me pongo toda cachonda por dentro.
Él bufó.
– Y si ellos no pueden conseguir que obedezcas, probablemente los desarmas, Rambolita.
– Yo sólo… -sólo quiero conocer al hombre correcto, uno que pueda provocarme ese profundo estremecimiento por dentro. ¿Cómo puedo enamorarme alguna vez de alguien que no me haga sentir eso?- Yo… bueno, no importa, ¿verdad? He probado de todo… clubes y grupos, y no he encontrado a nadie. Ni por asomo.
