– ¿Eran igual de malvadas tus hermanastras?

– Solo tenía un hermanastro, Harry. Esperaba que fuera su esclava. Cuando le comenté que quería estudiar en la universidad, Clarece me miró y me dijo: «¿De dónde piensas que vamos a sacar el dinero para eso?». Se negó a pagarme los estudios.

– ¿Qué pasó con los ahorros de tu madre?

– Papá se los quedó. Lo recuerdo mirando la cuenta de ahorros y exclamando: «¡Sabía que ese bicho me estaba escondiendo dinero!». Creo que se gastó la mayor parte en la luna de miel con Clarice.

– ¿No tenías a nadie que se pusiera de tu parte?

– Frank, el hermano menor de mi madre, se lo echó en cara a papá, pero él le dijo que se ocupara de sus propios asuntos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando terminé el instituto, me marché de casa.

– ¿Se alegró de ello la taimada Clarice?

– No, se puso furiosa. Lo tenía todo planeado para ponerme a trabajar en la tienda de su hermano en régimen de esclavitud, aparte de que contaba con que siguiera haciendo las tareas de la casa -un brillo malicioso apareció en los ojos de Pippa-. Y yo le dije dónde podía meterse todo eso…

– ¡No me digas! -rió Luke, admirado.

– Ella me contestó que nunca había oído un lenguaje semejante, y yo le repliqué que lo volvería a oír si no se apartaba de mi camino.

No dejó de gritarme mientras hacía las maletas e incluso después, durante todo el camino hasta la estación de autobuses. Me dijo que terminaría mal en Londres y que, al cabo de una semana, volvería de rodillas a su casa. Y al fin abandoné Encaster.

– ¿Encaster? Creo que nunca he oído hablar de ese sitio.

– Nadie ha oído hablar de él, excepto la gente que vive allí, y la mayor parte desearía no hacerlo. Esta a unos cuarenta kilómetros al norte de Londres.

– ¿No quería tu padre que te quedases en casa?



18 из 166