
– Lo llamé al trabajo para decirle que me encontraba bien. Él me dijo que «dejara de comportarme como una idiota» y que volviera, porque Clarice se lo estaba haciendo pasar muy mal. Eso era lo único que le importaba. Si hubiera estado minimamente preocupado por mí, yo le habría dicho dónde me encontraba. Pero no fue ese el caso, así que no le conté dónde estaba. Esa fue la última vez que hablé con él. Todavía sigo en contacto con Frank, pero papá y él no se hablan.
– ¿Así que te viniste a Londres a buscar fortuna? ¿Con dieciséis años? ¡Qué valor, chica! ¿Encontraste las calles pavimentadas de oro?
– Algún día lo haré. Por el momento estudio cocina por las tardes y, cuando consiga algún título, me buscaré un empleo de cocinera. Luego haré más cursos, conseguiré un trabajo y, con el tiempo, todos los gourmets del mundo se pelearán por llamar a mi puerta.
– Perdóneme usted, madame, pero es a mi puerta a la que van a llamar.
– Bueno, espero que haya suficientes para los dos -concedió, generosa.
– Querrás decir para los tres, ¿no? -inquirió Luke con una sonrisa-. Tú, yo y ese colosal ego que tienes.
– ¡Podemos prescindir de ti! Todo el mundo sabe que en Estados Unidos no sabéis cocinar.
– ¿Que no…? ¡Que Dios te perdone! Tú sí sabes cocinar, claro. Procediendo de la nación de las patatas fritas… Pero si ni siquiera sabéis preparar un café decente…
– De acuerdo, de acuerdo, cedo – Pippa alzó las manos con un gesto de rendición, y luego señaló su plato-. Esto está realmente delicioso, lo admito.
– Es una creación mía. Cuando lo haya perfeccionado, se lo presentaré al cocinero mayor del hotel.
– ¡Oh, estupendo! Así que estoy haciendo de conejillo de Indias. Si no caigo muerta después de esto, podrás servírselo con toda tranquilidad al príncipe de Gales, ¿no?
– Algo así -reconoció Luke con una sonrisa.
En cierto momento, al advertir que estaba mirando con interés la ropa que llevaba, Pippa comentó:
