
– Es tarde. Ya tendría que llevarte a casa.
– No es tan tarde -protestó.
– Sí es tarde: mañana empiezo a trabajar a las seis. Vamos.
En un viejo coche que le había prestado uno de los residentes de la pensión, la llevó al albergue donde vivía. Cuando se detuvieron en la puerta, Pippa esperó que le pasara un brazo por los hombros, que la abrazara por la cintura, que la besara en los labios…
– Ya hemos llegado -dijo sencillamente Luke, abriendo la puerta.
Reacia, Pippa salió del coche.
– Te veré mañana -se despidió él, dándole un pequeño beso de despedida en una mejilla.
Y segundos después se quedó sola en la puerta de entrada, maldiciendo entre dientes…
Pippa estaba orgullosa de ser una joven moderna, a salvo de prejuicios y restricciones, libre para disfrutar de las maravillas del mundo en iguales condiciones que los hombres. Si quería fumar, beber y saborear los placeres de la carne, tenía todo el derecho a nacerlo. Pero esa era la teoría, porque la práctica era más difícil. El único cigarrillo que había intentado fumar, en un pub y rodeada de amigos, le provocó un acceso de tos tan violento que a partir de entonces renunció a ello. El alcohol también resultó un problema: no soportaba tomar más de una copa. Y en cuanto a lo del sexo… eso tampoco parecía ir por buen camino.
Ingenuamente había imaginado que Londres estaría lleno de hombres atractivos y sensuales, dispuestos a satisfacer a una mujer liberada como ella. Pero no había sido así. Muchos eran jóvenes estudiantes, o estaban casados, o eran gays. Otros hablaban demasiado. O demasiado poco. O decían lo que no tenían que decir. Aquello era como volver a Encaster. No andaba corta de ofertas, pero el caso era que llevaba dos años en Londres y aún no se había relacionado con nadie. A ese paso muy bien podría convertirse en una dama victoriana. Era muy descorazonador.
