
Pero todo cambió desde el instante en que conoció a Luke, tan diferente a todos los hombres que había conocido hasta entonces. Su voz tenía un matiz profundo y vibrante, sensual. El brillo de su mirada la tentaba y provocaba. Su boca de labios llenos podía mostrarse tierna y divertida, o firme y tenaz cuando afloraba su carácter obstinado. Y, como consecuencia de todo ello, el simple hecho de estar en una misma habitación con él podía excitarla al máximo. Pero lamentablemente todavía no había demostrado el menor deseo de acostarse con ella. Y aquello era un insulto que no podía dejar pasar. Especialmente cuando todo el mundo suponía que dormían juntos, debido a la reputación de rompecorazones que él tenía.
Nunca la invitaba explícitamente a salir, pero como sus turnos coincidían siempre, quien salía primero esperaba al otro. Luego se marchaban juntos a casa, con Luke hablando sin parar como un poseso mientras Pippa intentaba no ser demasiado consciente de lo mucho que ansiaba acallarlo y empezar a besarlo de una vez…
Decidió mostrarse sutil al respecto. En lugar de que Luke siempre hiciera la comida, ella le prepararía la cena en su habitación, con velas y música romántica, y una cosa llevaría a la otra. Fue un desastre.
Podría haber funcionado con cualquier otro hombre, pero Luke era físicamente incapaz de quedarse quieto mientras alguien cocinaba para él. Ni haciendo un supremo esfuerzo de voluntad podía contenerse de sugerirle que pusiera el fuego del horno más bajo, o que dejara hacerse la comida un poquitín más… Finalmente Pippa estalló y se fue. O eso o le tiraba el plato a la cabeza.
Al día siguiente, Luke la estaba esperando a la puerta del hotel con un ramillete de flores y una expresión de sentida disculpa.
– Me porté fatal -le dijo humildemente-. Realmente no tenías intención de que te saliera tan mal el flan, ¿verdad?
