
– Pobrecita -exclamó, besándola con ternura-. Tómate el café y vuelve a la cama mientras yo te preparo una comida especial.
– No necesito volver a la cama.
– ¿Ah, no? Pues parece como si todavía necesitaras dormir.
– ¿Quieres decir que tengo aspecto de cansada? -inquirió, horrorizada.
– No, solo soñolienta -la tranquilizó-. Y no es de extrañar, teniendo en cuenta la noche que hemos pasado. Estuviste magnífica.
– Bueno, conozco muy bien tus gustos… -empezó a acariciarlo.
– No hagas eso -le suplicó, representando hábilmente el papel de un hombre temeroso de excitarse físicamente. Aunque, en realidad, se trataba de todo lo contrario. Una vez que sabía lo que Dominique tenía en mente, sus sentidos parecían haberse cerrado en banda, como siempre ocurría cuando oía campanas de boda. Pero no se mostraría tan poco sutil como para permitir que ella sospechara algo. Amabilidad ante todo: ese era su lema. Suave pero firmemente la guió de nuevo hacia las escaleras, murmurando:
– Vamos, cariño, sube a acostarte… y déjame mimarte.
Sabía que aquella era una oferta que ninguna mujer podía rechazar. Y que a él le permitiría ganar un poco de tiempo. Quizá una hora. Si tenía suerte. Después de que Dominique se hubo acostado, Luke salió a la terraza y alzó la vista al cielo, implorando en silencio al ángel protector de los solteros impenitentes. A lo lejos podía escuchar el leve ruido de un avión disponiéndose a aterrizar. Pero, sin embargo, dudaba que ese ángel estuviera abordo…
