«Señoras y caballeros, el vuelo 279 de Londres a Los Ángeles tomará tierra dentro de veinte minutos. Son las doce y diez de la mañana hora local…».

Josie despegó la nariz del cristal de la ventanilla y se volvió para mirar a su madre.

– Mami, salimos a las nueve y media de la mañana y hemos estado volando durante once horas. ¿Cómo es posible que aterricemos a las doce y media?

Bostezando, Pippa se desperezó tanto como se lo permitía la estrechez del asiento.

– La hora de Los Ángeles está ocho horas adelantada con respecto a la de Londres, cariño. Ya te lo expliqué en el mapa.

– Ya, pero es diferente cuando es real.

– Eso es verdad -inconscientemente, Pippa se dedicó a calcular el tiempo que tardaría en volver a saborear una buena taza de té.

Josie, que tenía diez años, se ocupó de hacer algunos cálculos hasta que exclamó satisfecha:

– ¡Hemos estado retrocediendo en el tiempo!

– Supongo que sí.

Retroceder en el tiempo no ocho horas, sino once años, pensó Pippa. Retroceder en el tiempo hasta volver a encontrarse con aquella jovencita ingenua de dieciocho años cuyo comportamiento gobernaba el corazón y no la cabeza, que había amado a un hombre con absoluta entrega, sabiendo que él solo la había querido superficialmente. Retroceder al instante en que conoció a Luke Danton. Allí estaba ella, perdida en los pasillos del hotel Ritz, preguntándose qué camino debería tomar, probando suerte con la primera puerta que vio, encontrándose de repente en una cocina donde no tenía derecho a estar. Y allí estaba el joven guapo y sonriente que la agarró del brazo y la sacó a toda prisa de la cocina, pero pidiéndole al mismo tiempo que volvieran a verse más tarde.

Por una simple casualidad lo conoció, y por ese mismo motivo hubiera podido no conocerlo. En ese caso Luke nunca habría sabido de su existencia y ella no habría vivido aquellos ardientes y mágicos cuatro meses. No habría sufrido aquella angustiosa soledad. Ni habría gozado de aquellos inefables recuerdos.



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