
– Le irá bien con lo que le has dado, pero es muy buena -dijo Maura, echándose un poco hacia delante-. El año pasado actuó en una de esas telenovelas y lo hizo muy bien, de verdad… hasta que la mataron. Hizo una escena de muerte preciosa, yo hasta lloré viéndola.
Jefferson sonrió, mostrando un hoyito en la mejilla.
– Lo sé. He visto la cinta.
– Es buena, ¿verdad? No lo digo sólo porque sea mi hermana…
– No, yo creo que tiene futuro en el cine.
– Mi hermana tiene muchos sueños.
– ¿Y tú también tienes sueños, Maura?
– Pues claro que sí, pero los míos son menos grandiosos. Sueño con poner un tejado nuevo al establo y comprar una camioneta nueva porque la mía me va a dejar tirada cualquier día. Y hay una raza de ovejas que me gustaría mezclar con las mías, si pudiera.
– Eres demasiado guapa para tener sueños tan humildes.
Ella parpadeó, sorprendida por el halago y, al mismo tiempo, sintiéndose insultada porque sus sueños le pareciesen «humildes». ¿Qué estaba diciendo, que no tenía imaginación? Una vez había tenido grandes sueños, como todas las chicas. Pero había crecido y ahora sus sueños eran más prácticos. Aunque eso no los hacía menos importantes.
– A mí no me parecen poca cosa.
– No, sólo quería decir…
Ella sabía lo que había querido decir. Sin duda estaba acostumbrado a mujeres que soñaban con diamantes, abrigos de piel o lujosos deportivos. Y seguramente la vería como una pueblerina. Ese pensamiento fue como un jarro de agua fría.
Antes de que él pudiese volver a hablar, Maura miró hacia un lado y anunció:
– Vaya, mira, los hermanos Flanagan van a tocar.
– ¿Qué?
Maura señaló una esquina del pub, donde tres jóvenes de pelo rojo se habían sentado con sus instrumentos. Mientras Michael por fin les llevaba la sopa de patata y puerros y un pan de centeno recién sacado del horno, los hermanos Flanagan empezaron a tocar.
