
Cara era una buena chica con un brillante futuro por delante, pero Maura era una mujer que haría que cualquier hombre se parase para mirarla dos veces e incluso tres.
– Lo conseguirás. Los americanos sois muy insistentes, ¿no? Además, Maura cree que eres muy guapo.
– ¡Cara!
– Pero es verdad -dijo su hermana, tomando un sorbo de su cerveza-. No es nada malo decirle que te gusta mirarlo. ¿A qué mujer no le gustaría? Y he visto cómo la miras tú también, Jefferson.
– Cara, si no te callas inmediatamente…
Maura no terminó su amenaza, pero Jefferson no podía dejar de sonreír. Sus hermanos y él eran iguales, siempre bromeando y metiéndose los unos con los otros estuviera quien estuviera delante. Además, le gustaba eso de que Maura hubiese estado hablando de él.
– No he dicho nada malo -insistió Cara-, ¿Por qué no ibais a miraros?
– No le hagas ni caso, esta chica está loca -dijo Maura, sacudiendo la cabeza.
– ¿Por qué? Está diciendo la verdad.
– Tal vez, pero no tiene por qué decirlo en voz alta, ¿no?
– Te preocupas demasiado -rió su hermana.
De repente, la música de los Flanagan se convirtió en un ritmo frenético que todos los vecinos seguían con las manos o los pies. Era un ritmo que parecía meterse en el corazón y Jefferson se encontró tamborileando sobre la mesa.
– Están tocando Whisky en la jarra -dijo Cara-. Venga, Maura, baila conmigo.
Maura negó con la cabeza, pero Cara empezó a tirar de ella.
– Llevo todo el día trabajando y no me apetece bailar. Y menos con la bocazas de mi hermana.
– Pero te gusta bailar, no lo niegues. Además, te encanta esta canción -sonrió la joven, tirando de su brazo.
