Llevaba días yendo a la granja Donohue para tratar de convencer a su obstinada propietaria. La había elogiado, alabado, tentado con promesas de montañas de dinero que él sabía no debería rechazar y, en general, había intentado mostrarse irresistible, como era su costumbre.

Pero Maura había conseguido resistirse.

– Estás en mi camino -le dijo.

– Lo siento -Jefferson dio un paso atrás para que pudiera pasar a su lado con una bala de paja. El instinto le decía que le quitase la carga de los brazos, pero estaba seguro de que Maura no aceptaría su ayuda.

Era una chica muy independiente, de ingenio rápido, lengua afilada… y un cuerpo en el que él había pasado demasiado tiempo pensando. Su largo pelo oscuro caía en suaves ondas hasta la mitad de su espalda y Jefferson estaba deseando tocarlo para ver si era tan suave como parecía. Tenía una barbilla orgullosa que tendía a levantar cuando quería dejar algo bien claro y un par de ojos azul oscuro rodeados de largas pestañas negras.

Llevaba unos vaqueros viejos y un grueso jersey de lana que ocultaba sus curvas, pero el invierno en Irlanda era frío y húmedo, de modo que era lógico. Aun así, Jefferson esperaba que lo invitase a entrar en su casa para tomar un té porque seguro que entonces se quitaría el grueso jersey y podría ver qué había debajo.

Pero, por el momento, la pelea siguió fuera del establo. El fuerte viento golpeó su cara, hiriendo sus ojos, como retándolo a atreverse con el campo irlandés. Le dolían los oídos y el chaquetón que llevaba no era abrigo suficiente en aquel sitio. Debería ir al pueblo a comprar algo más grueso, pensó. Además, no le vendría mal hacerse amigo de los comerciantes locales. Quería tener de su lado a todo el mundo en el diminuto pueblo de Craic para ver si así podía convencer a Maura de que le alquilase su granja.



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