
– ¿Adonde vamos? -le preguntó, intentando hacerse oír sobre el ruido del viento.
– No vamos a ningún sitio -contestó ella-. Yo voy a los pastos de arriba para echarle pienso a mis ovejas.
– Podría ayudarte.
Maura se volvió para mirar sus caros zapatos italianos.
– ¿Con esos zapatos? Se estropearán en un prado lleno de barro.
– ¿Por qué no dejas que yo me preocupe de mis zapatos?
Levantando esa obstinada barbilla suya, Maura replicó:
– Eso lo dice un hombre que no necesita preocuparse por el precio de unos zapatos.
– Ah, ya veo, te cae mal la gente rica -dijo Jefferson, divertido-, ¿O sólo soy yo?
Maura sonrió también.
– Es una pregunta interesante.
Jefferson tuvo que reír. Las mujeres a las que él estaba acostumbrado eran menos directas. Y más dispuestas a estar de acuerdo con él en todo. Y no eran sólo las mujeres, pensó. Era todo el mundo en Hollywood.
No sólo porque perteneciera a una familia prominente sino por ser el jefe de un estudio cinematográfico donde los sueños podían hacerse realidad o ser rotos por el capricho de un ejecutivo. Demasiada gente intentaba caerle bien y era refrescante encontrar a alguien a quien eso le importaba un bledo.
Maura cerró la puerta de su vieja camioneta y se apoyó en ella, cruzándose de brazos.
– ¿Por qué sigues insistiendo, Jefferson King? ¿Es el reto de convencerme lo que te trae por aquí? ¿No estás acostumbrado a que te digan que no?
– No lo oigo a menudo, la verdad.
– Ya me lo imagino. Un hombre como tú, con esos zapatos caros y la billetera llena… probablemente te dan la bienvenida en todas partes, ¿no es así?
– ¿Tienes algo contra las billeteras llenas?
– Sólo cuando me las pasan por las narices.
– Yo no te la estoy pasando por las narices, sencillamente te la ofrezco -la corrigió Jefferson-, Te estoy ofreciendo una pequeña fortuna por el alquiler de tu granja durante unas semanas. ¿Por qué te parece un insulto?
