– No es un insulto -sonrió Maura-, Pero tu determinación de convencerme resulta muy curiosa.

– Como has dicho antes, me encantan los retos.

A todos los King les gustaban los retos y Maura Donohue era el más interesante que se había encontrado en mucho tiempo.

– Entonces, tenemos algo en común.

– ¿Por qué no dejas que vaya contigo a los pastos? Así podrás enseñarme el resto de la granja.

Ella lo estudió durante unos segundos, en silencio, mientras el viento los golpeaba a los dos.

– ¿Por qué quieres venir conmigo?

– La verdad es que no tengo nada mejor que hacer ahora mismo. ¿Por qué no quieres que vaya contigo?

– Porque no necesito ayuda.

– Pareces muy segura de ti misma.

– Lo estoy -le aseguró ella.

– ¿Entonces por qué te importa si voy contigo? A menos que te preocupe ser seducida por mi carisma letal…

Maura soltó una carcajada. Una carcajada tan divertida, tan femenina que tocó algo dentro de Jefferson.

– Eres un hombre divertido, Jefferson King.

– No estaba intentando serlo.

– Y eso te hace aún más divertido, ¿no te das cuenta?

Mientras se envolvía en el chaquetón, Jefferson pensó que Maura estaba intentando convencerse a sí misma de que no la afectaba… porque la afectaba, estaba seguro. No era tan distante como lo había sido el primer día que llegó a la granja Donohue. Ese día casi había esperado que sacase una escopeta para echarlo de allí a perdigonazos. No era exactamente la viva imagen de la hospitalidad irlandesa.

Afortunadamente, él siempre había sido el más paciente de la familia.

– Míralo desde mi punto de vista: mientras me enseñas la granja puedes explicarme por qué no quieres alquilármela por una exorbitante cantidad de dinero.



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