Ella inclinó a un lado la cabeza para estudiarlo, el viento moviendo locamente su pelo oscuro.

– Muy bien. Si quieres venir, ven.

– Ah, qué invitación tan fina -bromeó Jefferson-. Como siempre.

– Si quieres algo fino deberías ir a Kerry, al castillo Dromyland. Allí tienen bueno camareros, una comida estupenda y unos jardines bien atendidos para que los zapatos de sus clientes no se estropeen.

– No estoy interesado en cosas finas -le aseguró él-. Por eso estoy aquí.

Maura rió de nuevo.

– Sabes replicar, lo reconozco.

– Gracias.

– Pero si no te importa… -dijo Maura entonces- yo conduciré mi propia camioneta.

– ¿Qué? -Jefferson se dio cuenta entonces de que estaba a punto de subir por la puerta del conductor en lugar de por la del pasajero-. Imagino que sabrás que los irlandeses tenéis el volante en el lado equivocado.

– Es una cuestión de perspectiva, imagino. El lado derecho o el izquierdo, da igual. Los dos son míos.

Jefferson apoyó un brazo en la puerta de la camioneta.

– Lo creas o no, yo estoy de tu lado.

– De eso nada. Yo creo que tú siempre estás de tu propio lado.

Maura subió de un salto y arrancó la camioneta mientras Jefferson tenía que correr para ir al otro lado. De no hacerlo, estaba seguro de que Maura Donohue era capaz de dejarlo allí plantado. Era una mujer que no hablaba en broma. Y preciosa, además. Y tan cabezota como verdes eran allí las colinas.


Ver al alto americano hundir los zapatos en un prado lleno de cacas de oveja era una escena divertida, pensó Maura. Pero incluso allí, donde estaba claramente fuera de su elemento, Jefferson King caminaba como si fuera el propietario de la finca, los faldones de su chaquetón gris sacudiéndose como el sudario de un fantasma, su pelo negro movido por el viento como si los espíritus estuvieran pasando por él sus fríos dedos. Y, sin embargo, allí estaba, llevando sacos de pienso para sus ovejas.



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