– Gracias a Dios -exclamó y comprobó con sorpresa que lo decía sinceramente. Detrás de ella, cesó la música. Finalmente, «Elvira» tenía a su «Arturo» y la ópera había terminado.

2

Flavia retrocedió para dejar entrar a los dos hombres.

– ¿Qué hay? ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Luca mirando el edredón del suelo y la figura que cubría. Dio mio -murmuró sin poder contenerse y se inclinó hacia Brett, pero Flavia extendió el brazo atajando el movimiento y llevándoselo de allí, para hacer sitio al médico al lado de la mujer que estaba en el suelo.

El médico se agachó y alargó la mano buscando el pulso del cuello. Al comprobar que era lento pero firme, retiró el edredón para examinar las lesiones. El jersey estaba ensangrentado y fruncido bajo las axilas, dejando el torso al descubierto. La piel tenía desgarros y marcas rojas que estaban amoratándose.

– Signora, ¿puede usted oírme? -preguntó el médico.

Brett hizo un sonido gutural; le era muy difícil articular palabras.

– Voy a moverla. Sólo un poco, lo justo para examinarla. -Hizo un ademán a Flavia, que se arrodilló al otro lado-. Sujétele los hombros. Tengo que estirarle las piernas. -El médico asió la pierna izquierda por la pantorrilla, la enderezó y repitió la operación con la derecha. Lentamente, dio la vuelta a la agredida y Flavia le apoyó el hombro en el suelo. Todos estos movimientos llegaban a la semiinconsciente Brett como una nueva oleada de dolores, y ella gemía.

– Traiga unas tijeras -dijo el médico a Flavia que, obediente, entró en la cocina y sacó unas tijeras de un gran bote de cerámica de la encimera. Entonces notó el calor del aceite que siseaba en la sartén en el fogón. De un manotazo, hizo girar la llave y volvió rápidamente junto al médico.

Éste cortó el ensangrentado jersey para liberar el tórax. El hombre que la había golpeado llevaba un grueso anillo de sello que había dejado pequeñas improntas circulares más oscuras en las ya amoratadas señales de los golpes.



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