Flavia volvió a su apartamento subiendo los peldaños de dos en dos. Vio que debajo de la cara de Brett había un charquito de sangre, en el que flotaba un fino mechón de pelo. Años atrás, había leído que a las personas en estado de shock hay que mantenerlas despiertas, que es peligroso que se duerman, por lo que volvió a arrodillarse al lado de su amiga y la llamó. Ahora uno de los párpados estaba tan hinchado que no podía abrirse, pero al sonido de la voz el otro se entreabrió ligeramente y Brett la miró sin dar señales de reconocerla.

– Luca ha ido a buscar a un médico. Enseguida estarán aquí.

Lentamente, la mirada pareció extraviarse, luego volvió a fijarse en ella. Flavia se sentó sobre los talones e inclinando el cuerpo hacia adelante apartó el pelo que cubría la cara de Brett y sintió que la sangre le empapaba los dedos.

– Todo se arreglará. Enseguida llegarán y te curarán. Todo se arreglará, mi vida. No tengas miedo.

El párpado se cerró, se abrió, la mirada se perdió, luego volvió.

– Duele -susurró.

– No te apures, Brett. Pronto pasará.

– Duele.

Flavia acercó la cara a la de su amiga, tratando de hacer que aquel párpado siguiera abierto, de captar la atención de aquella mirada, musitando frases que luego no recordaría. Al cabo de un rato, estaba llorando, sin darse cuenta.

Vio la mano de Brett, semiescondida por el edredón y la asió con suavidad, como si fuera del mismo plumón que la envolvía.

– Pronto estarás bien, Brett.

De pronto, oyó pasos y voces en la escalera. Por un momento, pensó que pudieran ser los dos hombres que volvían para terminar lo que fuera que hubieran venido a hacer. Se levantó y fue hacia la puerta, confiando en poder cerrarla a tiempo, pero entonces vio la cara de Luca y, detrás de él, a un hombre con chaqueta blanca y un maletín negro.



9 из 252