El médico volvió a inclinarse.

– Ahora procure abrir los ojos.

Brett trató de obedecer, pero sólo pudo abrir uno. El médico sacó una linternita del maletín y le iluminó la pupila, que se contrajo. Involuntariamente, ella cerró el párpado.

– Está bien -dijo el médico-. Ahora mueva la cabeza, aunque sólo sea un poco.

Aunque le costó un gran esfuerzo, Brett lo consiguió.

– Y ahora la boca. ¿Puede abrirla?

Ella lo intentó y ahogó un grito de dolor, un sonido que hizo a Flavia buscar el apoyo de la pared.

– Ahora le examinaré las costillas, signora. Cuando le haga daño, dígamelo. -Le palpó las costillas suavemente. Ella se quejó dos veces.

El médico sacó un sobre de gasa estéril y lo abrió. Empapó la gasa en antiséptico y, lentamente, empezó a limpiarle la cara de sangre. La fosa nasal derecha y el corte del labio seguían sangrando. El hombre hizo una seña a Flavia, que volvió a arrodillarse a su lado.

– Manténgale esto en el labio y procure que no se mueva.

Dio a Flavia la gasa manchada de sangre, y ella obedeció.

– ¿Dónde está el teléfono? -preguntó el médico.

Flavia señaló la sala con un movimiento de la cabeza. El médico desapareció por la puerta, y Flavia le oyó marcar y hablar con el hospital. Pedía una camilla. ¿Por qué no se le había ocurrido? La casa estaba tan cerca del hospital que no hacía falta ambulancia.

Luca andaba alrededor de ellas, sin saber qué hacer, hasta que finalmente se inclinó y tapó a Brett con el edredón.

El médico volvió y se agachó al lado de Flavia.

– Ya vienen. -Miró a Brett-. No puedo darle nada para el dolor hasta que le hagamos las radiografías. ¿Duele mucho?

Para Brett el mundo era sólo dolor.



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