
El médico, al ver que temblaba, preguntó:
– ¿Tienen más mantas? -Luca, al oírlo, entró en el dormitorio y salió con una colcha que entre él y el médico extendieron encima de ella, pero no pareció que sirviera de algo. El mundo se había enfriado, y ella no sentía nada más que frío y un dolor creciente.
El médico se puso en pie y miró a Flavia.
– ¿Qué ha ocurrido?
– No lo sé. Yo estaba en la cocina. Cuando he salido, ella estaba en el suelo y había dos hombres.
– ¿Quiénes eran? -preguntó Luca.
– No lo sé. Uno era alto y el otro bajo.
– ¿Y qué has hecho?
– Atacar.
Los dos hombres se miraron.
– ¿Cómo? -preguntó Luca.
– Tenía un cuchillo. Estaba en la cocina, y he salido con el cuchillo en la mano. Cuando los he visto, me he lanzado sin pensar. Se han ido corriendo. -Movió la cabeza, desinteresándose de todo aquello-. ¿Cómo está? ¿Qué le han hecho?
Antes de responder, el médico se apartó unos pasos de Brett, aunque ésta estaba muy ajena a lo que ocurría alrededor como comprender u oír siquiera sus palabras.
– Tiene varias costillas rotas, contusiones y cortes. Y quizá la mandíbula fracturada.
– Oh, Gesù -dijo Flavia llevándose la mano a la boca.
– Pero no hay señales de conmoción. Reacciona a la luz y entiende lo que le digo. De todos modos, hay que hacer radiografías.
Aún no había acabado de hablar el médico cuando se oyeron voces en la escalera. Flavia se arrodilló junto a Brett.
– Ya vienen, cara. Todo se arreglará. -Lo único que supo hacer fue poner la mano en la colcha encima el hombro de Brett y mantenerla allí, con la esperanza de transmitirle su calor-. Te pondrás bien.
Dos hombres con bata blanca aparecieron en la puerta, y Luca con un ademán les invitó a entrar. Habían dejado la camilla en el portal, como era lo obligado en Venecia, y habían subido el sillón de mimbre que utilizaban para acarrear a los enfermos por las estrechas escaleras de las casas venecianas.
