
El sobre cayó sobre sus pies descalzos y fue a parar entre ella y el segundo hombre, que lo apartó con el zapato, como si temiera estropear su contenido, y se acercó a ella. El primero aumentó ahora la presión de sus manos y su compañero, encorvando su alta figura, dijo en voz baja y grave:
– Usted no irá a la cita con el dottor Semenzato.
Ella sintió cólera antes que miedo, y la cólera le hizo decir:
– Suéltenme. Y salgan de esta casa. -Se revolvió, tratando de zafarse de las manos del hombre, pero él le sujetó los brazos a los costados.
A su espalda, subía el tono de la música y la doble voz de Flavia inundaba la habitación. La sincronía era perfecta, nadie hubiera sospechado que eran dos voces y no una las que cantaban de dolor, amor y añoranza. Brett volvió la cara hacia la música, pero deliberadamente interrumpió el movimiento y preguntó mirando al que tenía delante:
– ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?
La voz del hombre cambió y se hizo adusta, lo mismo que su cara.
– No hagas preguntas, zorra.
Nuevamente, ella trató de soltarse, pero era imposible. Apoyando el peso del cuerpo en un pie, golpeó con el otro al hombre que la sujetaba, pero el talón desnudo no podía hacer mucho daño.
Entonces, ella oyó decir al que la sujetaba:
– Vamos. Adelante.
Ella volvía la cabeza para mirar atrás cuando el primer golpe la alcanzó en el estómago. Fue una explosión de dolor que le hizo doblar el cuerpo tan violentamente que casi escapó de las manos del que la inmovilizaba, pero él la enderezó con brusquedad. El que estaba delante volvió a golpearla, esta vez, debajo del pecho izquierdo, y la reacción fue la misma: el cuerpo de ella se dobló con un espasmo para defenderse del dolor.
Entonces, deprisa, tan deprisa que Brett perdió la cuenta de los puñetazos, el hombre la golpeó repetidamente en el pecho y las costillas.
