A su espalda, mientras las voces de Flavia cantaban al futuro de dicha que la aguardaba cuando se desposara con «Arturo», el hombre golpeó en un lado de la cabeza a Brett, a la que empezó a zumbarle el oído derecho, y ya sólo pudo oír la música con el izquierdo.

Ella únicamente era consciente de una cosa: no podía emitir sonido alguno. Ni gritar, ni pedir auxilio, ni quejarse. Las voces de soprano se fundían detrás de ella, alborozadas, cuando su labio se partió bajo el puño del hombre.

El que estaba detrás de ella le soltó el brazo derecho. Ya no hacía falta sujetarla y, si aún la agarraba de un brazo, era para sostenerla. Ahora la obligó a volverse a mirarlo.

– No vaya a la cita con el dottor Semenzato -dijo todavía con voz suave y cortés.

Pero ella ya no podía oírle, sólo percibía vagamente la música, el dolor y el miedo de que estos hombres la mataran.

La cabeza le colgaba inerte y sólo les veía los pies. Notó que el alto hacía un brusco movimiento hacia ella y sintió un calor repentino en las piernas y en la cara. Había perdido el control de su cuerpo y percibió el olor acre de su propia orina. Con sabor a sangre en la boca, vio cómo el líquido chorreaba y les salpicaba los zapatos. Ella se tambaleaba entre los dos hombres, pensando tan sólo que no podía emitir ni un sonido y deseando que la dejaran caer, para poder hacerse un ovillo y mitigar el dolor que sentía en todo el cuerpo. Y, mientras tanto, la doble voz de Flavia Petrelli brotaba en notas de júbilo alzándose sobre el coro y el tenor, su enamorado.

Brett, con un esfuerzo mayor del que había puesto en algo en toda su vida, alzó la cabeza y miró a los ojos al hombre alto que ahora estaba delante de ella. Él le dedicó una sonrisa tan íntima como la que ella hubiera podido ver en la cara de un amante. Lentamente, extendió la mano y le oprimió suavemente el pecho izquierdo mientras susurraba:



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