
Se arrodilló al lado de la mujer que estaba en el suelo.
– Brett, Brett -dijo mirándola con ansiedad. La otra tenía la parte inferior de la cara cubierta de la sangre que le salía de la nariz, del labio y de una herida del lado izquierdo de la frente. Estaba tendida con una rodilla doblada debajo del cuerpo, el jersey subido hasta la barbilla y los pechos al descubierto-. Brett -dijo Flavia por tercera vez y durante un momento pensó que aquella figura inmóvil estaba muerta. Pero inmediatamente ahuyentó el pensamiento y le puso una mano a un lado del cuello.
Con la lentitud con que amanece una encapotada mañana de invierno, se alzó un párpado y luego el otro, aunque sólo hasta la mitad, porque estaba hinchándose rápidamente.
– Stai bene? -preguntó Flavia.
La única respuesta fue un leve quejido. Pero era una respuesta.
– Pediré ayuda. No te apures, cara. Vendrán enseguida.
Corrió a la otra habitación y alargó la mano hacia el teléfono. Durante un segundo, no supo qué era lo que le impedía agarrar el aparato, y entonces vio el cuchillo ensangrentado que tenía agarrado con una mano agarrotada. Lo dejó caer al suelo y levantó el aparato. Con dedos rígidos pulsó el 113. Al cabo de diez señales, una voz de mujer le preguntó qué deseaba.
– Es una urgencia. Necesitamos una ambulancia. En Cannaregio.
La voz, con acento de aburrimiento, le pidió la dirección exacta.
– Cannaregio, 6134.
– Lo siento, signora. Es domingo y sólo hay una ambulancia. La pondré en lista.
