
Flavia alzó la voz.
– Una mujer está herida. Han intentado matarla. Hay que llevarla al hospital.
La voz asumió un tono de sufrida paciencia.
– Ya se lo he dicho, signora. Sólo disponemos de una ambulancia y antes tiene que atender otros dos servicios. En cuanto esté libre se la enviaremos. -Al no recibir respuesta de Flavia, la voz preguntó-: Signora, ¿me oye? Si hace el favor de repetirme la dirección, tomaré nota. Signora? Signora? -En respuesta al silencio de Flavia, la mujer cortó la comunicación, dejando a Flavia con el teléfono en la mano y deseando tener todavía el cuchillo.
Temblando, Flavia soltó el teléfono y volvió al recibidor. Brett seguía en el mismo sitio, pero había conseguido ponerse de lado y se abrazaba el pecho, gimiendo.
Flavia se arrodilló a su lado.
– Brett, tengo que ir a buscar a un médico.
Flavia oyó un sonido ahogado y la mano de Brett se acercó a la suya. Los dedos apenas llegaron a rozar el brazo de Flavia antes de caer desmayados al suelo.
– Frío -dijo tan sólo.
Flavia se levantó y fue al dormitorio, tiró del edredón, lo arrastró al recibidor y lo extendió sobre la figura inmóvil. Abrió la puerta de la escalera, sin preocuparse de comprobar antes por la mirilla si habían vuelto los dos hombres. Dejando la puerta abierta, bajó corriendo dos tramos de escalera y golpeó con fuerza la puerta del piso de abajo.
A los pocos momentos, la abrió un hombre de mediana edad, alto y medio calvo, con un cigarrillo en una mano y un libro en la otra.
– Luca -jadeó Flavia, sobreponiéndose al impulso de gritar, porque el tiempo pasaba y nadie venía a atender a su amante-. Brett está herida. Necesita un médico. -Bruscamente, le falló la voz y empezó a sollozar-. Por favor, Luca, por favor, tráeme a un médico. -Lo asía del brazo, incapaz de seguir hablando.
Sin decir palabra, el hombre retrocedió un paso y agarró unas llaves de encima de una mesa que había al lado de la puerta. Dejó caer el libro al suelo, cerró la puerta y desapareció por la escalera abajo antes de que Flavia pudiera decir más.
